Entre los Kirdis de la montaña
Padre Henri Pelicier
In "Le Christ au Monde"
n° 2-3 Mars-Juin 1979
Volume XXIV
Este original artículo nos permite seguir el hermoso esfuerzo por la
evangelización emprendido por un sacerdote africano del Camerún del Sur entre
los montañeses animistas que viven en el norte del país. Apostolado llevado a
cabo con buen juicio y perseverancia durante 16 años por este misionero muerto
en la brecha en 1975. A menudo, el autor le deja explicar a él mismo las
circunstancias en las que se encuentra, lo cual facilita la comprensión del
relato. Descubrimos por ejemplo que el hecho de pertenecer al mismo país ofrece
una gran ventaja al predicador sobre los misioneros extranjeros por celosos
que sean. Capta mejor la mentalidad primitiva de la gente, sus actos y
criterios se inspiran en un modo semejante de ver las cosas. A este respecto
hay un episodio particularmente significativo: la actitud del misionero a
quien llamaban « papá Simón » frente a un grupo de gente exaltada que asaltaba la
misión. No solamente no pierde la paz, sino que convence a los de la tribu a
que reparen la ofensa hecha a Dios mediante el tradicional sacrificio de un
cordero. En los días siguientes se nota, por reacción, un mayor acercamiento.
Algo que se destaca bastantes veces en el relato es el cuidado dei
misionero autóctono por respetar lo que la herencia religiosa de estas tribus
animistas tiene de realmente estimable, e incluso utilizarlo en su apostolado
de evangelización como un punto de partida.
Este artículo nos hace reflexionar sobre el hecho de que el porvenir de la
IgÌesia en Africa (y en los demás países de misión) dependerá cada vez más de
los mismos africanos (autóctonos) y que en sus manos la evangelización
conocerá un nuevo impulso.
El artículo está sacado de is revista mensual « Missioni OMI », marzo 1979,
p. 40-47[1].
Kirdi, en árabe « infiel
», o sea « no-musulmán », se llama a los numerosos grupos animistas de origen
sudanés que viven en el Camerún septentrional: Mafa, Massa, Kapsiki, Mundang...
Los Kirdi de la montaña
de que habla este artículo residen en la zona de Mora (a 50 km de Mokolo,
donde actualmente trabajan dos P. OMI italianos). Pertenecen a varias razas:
Zulgo, Muyang, Mada, Mandara, etc., a menudo hostiles entre sí, pero dominadas
todas por los musulmanes.
Un camerunés del Sur va
a lograr ganárselos en 16 años de apostolado típicamente africano.
¡Simón,
ve allí!
Los Kirdis son una
población poco conocida y primitiva del Norte del Cameroun, animistas perdidos
en medio de los musulmanes mucho más potentes v mejor organizados.
Tampoco Simón Mpecké,
auténtico africano del Camerún meridional, había oído hablar nunca de ellos
antes de 1954, por lo menos así lo cree él. Sin embarco era un pastor de almas
inteligente y dinámico, responsable de una gran parroquia en Douala, la más
poblada y próspera de las ciudades marítimas del Camerún meridional.
Este nuevo nombre de una
raza desconocida viviendo a unos mil kms. y que debía ser bastante pobre y
necesitada, hizo nacer en su corazón una luz y una esperanza: conocerlos de
cerca, amarlos, ayudarlos. Pronto maduró en él el proyecto: yo seré su
misionero.
En Camerún septentrional
trabajaban los Misioneros Oblatos de María Inmaculada desde 1946, bajo la
dirección de su Obispo Mons. Plumey OMI, al cargo de la inmensa diócesis de
Garoua (183.000 km2), más tarde dividida en tres: Garoua, Maroua-Mololo y
Yagoua. El Padre Simón le escribió para manifestarle su deseo, pero no recibió
más que una respuesta evasiva: ¿un sacerdote africano que abandona su populosa
parroquia para hacerse misionero en otro sector del continente? Esto seria una
novedad poco corriente. ¡Algo verdaderamente « profético»!
Su diócesis de origen y
su obispo ¿pueden aceptar un - tal sacrificio?...
El Padre Simón es un
hombre de fe, de paciencia y de temple. Renueva su petición a su superior
inmediato Mons. Mongo, primer obispo camerunés de Douala, que un buen día lo
llama al obispado.
« Simón, le dice, ¿me
pides desde hace algún tiempo el ir al Norte del Camerún? Yo no te doy permiso
para ir; soy yo quien te envía. ¡Ve allí! Cuando te pregunten por qué has
dejado Douala para irte tan lejos a la otra punta del país, responde
simplemente: es mi obispo, Mons. Mongo quien me ha inviado, porque él está
convencido de que nuestra Iglesia del Camerún no quedará sólidamente implantada
más que el día en que se afirme sobre dos buenas piernas: la del Sur y la del
Norte ».
Simón señala el cielo:
no es sólo él el que, inspirado por Dios, quiere partir; ¡es Dios mismo quien
le envía por medio de su obispo!
El Padre Simón llega a
Garoua en febrero de 1959. Mons. Plumey y los Oblatos lo reciben con alegria y
quieren que se sienta enteramente libre. Pero la escasez de personal misionero
no les permite ofrecerle un compañero para llevar a cabo sus proyectos.
« Mons. Plumey, escribe
Simón, me habló de explorar el distrito de Mora para visitar un lugar favorable
donde fundar una misión. Pero antes que nada tendremos que dar un salto a los
Hermanitos de Jesús del P. de Foucauld en Mayo-Uldemé. Dicho y hecho. En Uldemé,
el Hno. Jacques me dice que en el sector hay varias tribus de las que una, la
de Mada, es la más abierta de todas. Y añade: lo mejor seria empezar por ahí,
así podremos llegar a las otras con más facilidad.
Me puse de acuerdo con
un médico europeo, el Dr. Maggi, que tenía intención de fundar un hospital.
Escogí para la nueva misión un lugar propicio, en la llanura, pero cerca de la
montaña y sobre todo provisto de un agua excelente: Tokombéré.
Los comienzos no fueron
fáciles porque todos, kirdis y musulmanes, se mostraban desconfiados. Los
musulmanes sabiendo que yo venía para los Kirdis no sentían ningún entusiasmo
ante la idea de que íbamos a trabajar para ayudarles en su evolución y su promoción.
Los Kirdis, por su parte, nos miraban con desconfianza sobre todo por dos
motivos: nosotros íbamos vestidos mientras ellos iban casi desnudos; además
nosotros vivíamos en la llanura, terreno indiscutible de los musulmanes.
Las tribus montañesas de
los Kirdis estaban divididas entre ellas con frecuentes enemistadas. Por
ejemplo, los Muyangs estaban en guerra contra los Mada, de suerte que si un
Mada capturaba a un Muyang se apresuraba a venderlo a un Zulgo, que a su vez lo
vendía a los Mandara ».
Papá Simón, como lo
llamaban los suyos cariñosamente, no perdió el ánimo. Al principio solo,
después con otro sacerdote africano y después con otros europeos, empieza a
realizar su plan de construcciones destinadas a atraer a la gente: primero la
escuela, después el pequeño rectoral, la casa de las Hermanas africanas y la
escuela de manualidades para las chicas. Y al final la hermosa iglesia de
piedras traidas del monte. El altar se hace con una antigua piedra sagrada de
la aldea, «porque nuestras montañas, observa papá Simón, tienen piedras sagradas,
exactamente como las tenían nuestros lejanos antepasados en Europa; es justo
que las rebauticemos para el culto del verdadero Dios ».
Descubrimientos
impresionantes Papá Simón, como auténtico africano, se da cuenta que en el
alma de estos montañeses hay valores que hay que descubrir y desarrollar para
poder edificar poco a poco sobre ellos un cristianismo auténtico y
verdaderamente africano. Sus descubrimientos en este punto van más allá de toda
esperanza. Hasta hacerle escribir:
« Si no hubiese tenido a
Jesucristo para darle a conocer; me habría vuelto a mi casa al Sur del
Camerún. Jesús es la cumbre, la cima, el Ngar como se dice en lengua rasada.
El es la cabeza de la creación. Sin El, el mundo sería un cuerpo sin cabeza. Lo
maravilloso es que, por la Encarnación, Dios ha elevado al hombre hasta sí en
Cristo. Si Jesucristo no fuese esta cabeza, me habría vuelto a mi casa porque
he descubierto que los Kirdis tienen una fe parecida a la de los Hebreos.
Los Kirdis son los
africanos que más perfecto concepto tienen de Dios. Todo lo que yo les enseñaba
sobre Dios Creador, ellos ya lo sabían. Un día envié a un catequista a los
Zulgos con esta consigna expresa: «Hablarles de Dios que lo ha creado todo, que
ha hecho todo lo que existe: los montes, el mijo, la llanura, ... Tienen que
creer en Dios para que le puedan amar ».
A su vuelta el
catequista me dijo: «Les he dicho todo lo que me habías indicado. ¿Sabes lo
que me han respondido?: Todo esto ya lo sabíamos. Verdaderamente no valía la
pena que hicieras un viaje tan largo ».
En realidad, los Kirdis
de la montaña, como todos los africanos, creen en un Dios único. Pero mientras
los otros lo conciben como un Dios extraordinariamente lejano,
extraordinariamente alto que no se ocupa de nosotros (en el Sur jamás he visto
a mi padre rezarle a Dios), para los Kirdis, en cambio, Dios es Padre, pero no
un Padre de todos los hombres en general, sino « mi Padre », es decir, un
Padre por quien cada uno de sus numerosos hijos se sabe conocido y amado
personalmente. Al conocer así a Dios como Padre, los Kirdis le oran, lo ofrecen
sacrificios, y lo festejan bebiendo cerveza. ¿No es esto extraordinario en unos
pobres animistas?
Pero cuando un día a un
viejo leproso le hablaba de la Trinidad, de un Dios en Tres Personas, Padre,
Hijo y Espíritu Santo, él me dijo: « No, verdaderamente esto yo no lo sabía ».
¿Por donde y cómo estos
primitivos montañeses han llegado al conocimiento de estas verdades tan
elevadas y maravillosas - no sólo sobre la Creación, sino también sobre Dios
Padre? - Es un misterio. Ciertamente que no lo han aprendido de los montañeses
que les rodean, ni de los cristianos de la región, casi inexistentes todavía
entonces. Tal vez por uno de sus viejos « sabios » que hubiera entrado en
contacto con una cristianidad floreciente del Camerún meridional.
« Desde el punto de
vista catequístico, empecé sirviéndome del Evangelio. Sí, empecé simplemente
por contar el Evangelio en las distintas aldeas ».
¡En las distintas
aldeas! Quien conoce la región se da cuenta de lo que significa una expresión
tan sencilla. Significa recorridos interminables bajo un sol de justicia, por
senderos pedregosos, apenas practicables a las cabras, a través de las famosas
« terrazas » que exigen de los montañeses prodigios de ingenio y constancia
para conservar cultivable un terreno que acaba siempre por ser arrastrado al
valle en la estación de las lluvias. Vistas de lejos, estas terrazas parecen
inmensos escalones por encima de los cuales surgen las aldeas compuestas por
pequeños grupos de chozas llamadas « saré » rodeadas por una empalizada en cima
de la cual asoma el techo de paja.
¿Cuántas veces Papá
Simón no habrá recorrido estos senderos, visitado estas aldeas y cada uno de
los «saré»? Y después de días enteros catequizando ¿cuántas veces habrá
dormido por la noche sobre una estera en la cabaña reservada a los huéspedes?
¿Su método catequético? Presentar y explicar el Evangelio, sobre todo las
parábolas, que tan bien se adaptan a esas almas sencillas.
Pero no se puede
entretener en todas partes y una simple explicación no basta. Por eso escoge a
los muchachos más despiertos capaces de aprenderse el Evangelio de memoria y
repetirlo a los otros. Poco a poco llega así a formar catequistas que reúne
aparte para explicarles el Evangelio del domingo y prepararles para que hagan
la homilía en su propio dialecto.
Este apóstol nativo
comprende mejor que los misioneros europeos la necesidad y las dificultades de
la evangelización, así como también el riesgo de no contar con los verdaderos
valores locales. Por esto solo pretende iluminar, ayudar, llevar pacientemente
a la maduración, sin arrancar nunca o desnaturalizar lo que sea válido y
bueno en la mentalidad africana.
« Hacerse cristiano,
escribe, supo ne para un Kirdi una ruptura total con el pasado, mucho más
profunda que la que le exigiría su conversión al Islam. Este en efecto puede
fácilmente pactar con muchas costumbres ancestrales. Permite la poligamia,
las grandes diversiones, el sacrificio del cordero y muchas otras cosas. Al
hacerse cristiano todo cambia. La religión católica los introduce en lo que se
llama la civilización occidental que ne es la suya y cuadra mal con sus
sacrificios de montañeses. Hasta el punto de que un jefe, Nglissa, no puede
mandar a su hijo a nuestra escuela porque éso sería traicionar a todas las
montañas. Si el muchacho se hace cristiano o, con más probabilidad, musulmán,
estaría perdido para el clan. El, el jefe, y muchos otros como él creen que
nosotros, cristianos y musulmanes, queremos atraer a los suyos a nuestra
cultura para destruirla. Y no saben cómo podrían salvar su propia identidad:
éste es su drama ».
Papá Simón conoce y
respeta este drama y hace todo lo posible para encontrarle solución de acuerdo
con el modo de pensar africano.
Hay un episodio muy
significativo: el 11 de marzo una terrible tragedia sacude a todo el norte: el
coche que transporta a los estudiantes de N'Gaundéré a sus casas para pasar
las vacaciones se convierte en un enorme brasero: once mueren entre las llamas.
Una de las víctimas, un
muyangero del colegio de Papá Simón. Al saber la noticia del horrible
accidente los padres bajan a la Misión acompañados de gran número de gente de
la aldea y echan la culpa al misionero de la muerte del muchacho. ¿Quién ha
sido sino quien ha querido mandarle a una escuela tan lejos de su casa?
Rodean la Misión
gritando amenazas. Los más exaltados pasan de las palabra a los hechos y destrozan
dos ventanas y una puerta, entran en la iglesia y con un gesto de desafío y
denuesto, uno de ellos lanza un venablo que queda incrustado en la bóveda.
El misionero llora
también la muerte de los inocentes y esta manifestación le aflige profundamente,
pero conserva la calma. Pasados algunos días, los ancianos de la aldea bajan
otra vez de la montaña: han comprendido que papá Simón no tiene nada que ver
con la desgracia, que siempre ha buscado su bien, incluso cuando ellos no
querían aceptar su Evangelio y que ha sufrido tanto o más que ellos. El no se
merecía esta escena de violencia. Quieren hacer las paces.
El Padre los acoge sin
una queja. Sólo les dice: « Vosotros mismos podéis ver los daños materiales...
No tienen importancia: haremos otra puerta y otras ventanas. Pero.., venid
conmigo ». Los lleva a la iglesia y les enseña el venablo clavado aun en la
bóveda y les dice, tristemente: « Mirad, esto es una ofensa hecha a Dios ¿cómo
podríamos repararla? Yo no lo sé. Vuestros ancianos, vuestros sabios lo
saben. Volved a la aldea y discutidlo entre vosotros ». Ningún reproche,
ninguna amargura, sólo un toque de atención a su conciencia, a la sabiduría, de
sus ancianos, sobre la grave ofensa hecha a Dios ¿Cómo responderán?
Pasan algunos días. Otra
vez llegan los ancianos y sus familias que traen un cordero y lo degüellan delante
de la iglesia: es su sacrificio de reparación. Papá Simón mira y deja hacer.
Respeta sus creencias y su gesto ritual.
Parece que todo, ha
terminado, así lo cree él. Pero con gran sorpresa y gran alegría ve aparecer
al cabo de pocos días a un grupito de hombres que ¡por primera vez vienen a
escuchar la palabra de Dios! El respeto demostrado por sus tradiciones y su
vida religiosa ha dado mejores resultados que todos los esfuerzos anteriores
para acercarlos a la misión.
El, africano por sangre
y por raza, siempre ha tenido cuidado de respetar los auténticos valores africanos,
dedicándose a purificarlos gradualmente y con paciencia, para establecer un
cristianismo y una Iglesia tan auténticas como verdaderamente africanas que
favorezcan el progreso social y la fraternidad entre las distintas razas.
¡Os
entrego mi llave!
Papá Simón considera la
escuela como un medio indispensable para hacer progresar a su gente. Su primer
cuidado fue construirla y hacer todo lo necesario para que funcionase bien,
por lo menos tan bien como las otras escuelas del sector. Siendo musulmana la
región había que tener en cuenta a los notables del lugar. Su lealtad, sus
dones de simpatía y amistad le permitieron estrechar buenas relaciones con
ellos, empezando por el jefe. « El jefe del cantón Tikereré, dice, es un hombre
extraordinariamente bueno y prudente. Con él no he tenido ningún disgusto.
Nuestras relaciones han ido mejorando con el tiempo hasta ahora en que hemos
llegado juntos a la vejez. La misión está en su cantón y puedo afirmar que
nunca he tenido grandes dificultades con los musulmanes. Pero había que
conseguir también que la gente mandase a sus hijos a la escuela. « La escuela
es una llave, solía repetir, una especie de llave que abre todas las puertas.
Os la regalo. Así podréis abrir muchas. Ahí la tenéis. ¡Vais a ver qué maravillosa
es! Ahora podrás llegar hasta donde no habías podido llegar hasta ahora. Y
habién dote dado mi llave, no voy a correr más detrás de tí para decirte:
pasa por aquí o por allá. ¡Desgraciado de mí si quisiera influir en tí! Porque
entonces estarías tentado de abrir otra puerta.
Al principio se os dirá
lo que hay que hacer o no hacer. Pero llegará un día en que seréis capaces de
actuar por vosotros mismos: la instrucción es entonces la llave que abre todas
las puertas. Podréis decidir por vosotros mismos en el presente y en el futuro
qué puerta queréis abrir. Por supuesto que en caso de duda siempre podréis dirigiros
a mí: « Tú que conoces mi pasado, mi situación y mi carácter, ¿me puedes
aconsejar?». Y yo lo haré, pero esto sólo será un consejo. Por esto he hecho
todo lo que he hecho para daros una instrucción básica auténticamente sólida.
He querido que mi escuela esté en pie de igualdad respecto a todas las otras
del Camerún. E incluso un tanto mejor. Porque he tenido siempre una idea fija:
soy el único sacerdote camerunés. Yo no soy europeo y el francés no es mi lengua
materna. Si mi escuela, con la ayuda de hermanas también autóctonas, no
marchase bien, ¡qué desgracia! Si, por el contrario tenemos éxito, podrán
decir lo que quieran, pero no tendrán más remedio que admitir que es buena,
que marcha bien ».
Los resultados responden
a sus esfuerzos y a sus esperanzas. El comenta: « ¡Qué inteligentes son
nuestros montañeses! Puestos en igualdad de condiciones se desenvuelven tan
bien corno cualquier otro camerunés. ¡Y aun mejor! Los que yo tenía en mi
escuela allá bajo en el sur no solían ser los primeros, y no he visto ninguno
que haya salido con su diploma ».
Su sueño era que estos muchachos de origen animista
lleguen a ser capaces de participar en la vida local como los otros. Si algunos
tropezaban con demasiadas dificultades en las escuelas secundarias, los
mandaba a otras, a buenas escuelas privadas con todas las garantías. Además
de la escuela, su interés se dirige también a que haya trabajo para todos,
sobre todo para los jóvenes. Repetía, y no eran solo palabras: « Enseñarles
higiene, enseñarles a curarse las llagas en el dispensario, acoger a los
chicos y a las chicas en la escuela, enseñarselo todo, demonstrarles mi
amistad. Eso es para mí el cristianismo ».
Ocupa mi lugar
Ahora Papá Simón siente
el peso de los años y las enfermedades. Ha cumplido su tarea. La misión y la
escuela están bien establecidas cara al futuro. La comunidad cristiana se
estabiliza. El cree que hay una manera sencilla de asegurar la continuidad de
la obra emprendida, y es confiar su dirección a un joven colaborador, el P.
Jean-Marc Ela, también africano.
Empieza por poner en sus
manos lo que le es más querido: Las tribus Mada y Zulgo. Luego poco a poco le
confía el resto, sin provocar sacudidades ni demostrar disgusto, con
sencillez evangélica: «Juan-Marcos, ¡ocupa mi lugar! ».
Con la certeza de que su
obra seguirá adelante, puede morir serenament el 13 de agosto de 1975.
Los misioneros oblatos
con quienes ha trabajado durante 16 años, sus cristianos y todos los de las
tribus Kirdi, incluso los que todavía no han optado por el Evangelio, se
acuerdan de él con veneración y gratitud. Baba Simón, el primer sacerdote
africano de Camerún del Norte, sigue vivo en su recuerdo.
Los jóvenes cameruneses,
en especíal, pueden repetir con todo derecho: «De todoss aquellos que hemos
conocido, sacerdotes, hermanos y laicos, incluso de todos los europeos, uno
de los mejores es Papá Simón, áfricano como nosotros! ».
«
¡Ussé, ussé, ussé, Papa! »
Algunos meses después de
la muerte de Papá Simón, Jeanne, enfermera de Tokombéré, encuentra al viejo
Didgan, animista aún. Entre otras cosas hablan del gran duelo que ha caído
sobre los montañeses con la desaparición del misionero, y la enfermera le
ofrece una foto-recuerdo. El viejo la coge con las dos manos y grita: « ¡Ussé,
ussé, Papá Simón! » (ussé es una expresión de saludo y agradecimiento). Le
sonríe, mueve la cabeza y le dirige un largo discurso como si la foto le
trajera no la imagen, sino la presencia viva del desaparecido. Una de sus
esposas se le acerca, coge la foto y repite unas diez veces con fervor el mismo
saludo.
¿Dónde está ahora Papá
Simón? les pregunta Jeanne.
- Hay dos cosas,
contesta el viejo después de un momento de silencio: el cuerpo y el espíritu.
El cuerpo de Papá Simón es como el grano de mijo que queda en la tierra, como
la hierba que nadie recoge o como un árbol caído: él también se convierte en
tierra. Por el contrario, el espíritu se va con Jigla (Dios) y vive con El.
- ¿Y cómo vive con
Jigla?
- Jigla, declara sentenciosamente el viejo, nadie lo ha
visto y nadie puede decir cómo se vive con él... La vida sigue. Yo, Didgan,
tengo hijos, y ellos también tienen hijos. Cuando yo muera seguiré viviendo en
ellos.
- ¿Y Papá Simón que no
tenía hijos?
- Papá Simón es el padre
de nuestro espíritu ¡y el espíritu nunca muere! ».